Crónica. «¡Échale agua a la palma!», un grito desesperado en Santiago

Gladys Navarro / Corresponsal.

LA PAZ., BCS., 5 de marzo.- “Se prendió Santiago y hasta los comales se quemaron”, platican aún con asombro y pesar habitantes de ese pequeño poblado de Los Cabos, un oasis perdido en medio del desierto, rodeado de palmares y casas de hasta 80 años que tuvieron que ser demolidas, ante los estragos del fuego imparable que las alcanzó la tarde del sábado. 

“Échale agua a la palma”, gritaban los vecinos desde las lomas en donde resguardaron a mujeres, ancianos y niños, mientras los adultos intentaban rescatar pertenencias, pero el fuego avanzó de manera fugaz y en al menos 40 viviendas no hubo nada que hacer. Algunas fueron pérdidas totales.  

La dimensión del incendio del poblado de Santiago -a 135 kilómetros al sur de La Paz- quedó grabada en fotografías y videos que circularon en redes sociales y en ellos los habitantes pedían a gritos el apoyo de los cuerpos de emergencia que desde las dos de la tarde en que se detectó, eran insuficientes. 

Ubicado en las faldas de la Reserva de la Biósfera Sierra de la Laguna, Santiago, con una historia de tres siglos y ahora con apenas 600 habitantes, es un poblado cada vez más atractivo para residentes y para el turismo rural y de aventura. 

Su oasis es un ecosistema vulnerable, pero rico en biodiversidad, considerado patrimonio ecológico y cultural para especialistas que lamentaron la grave afectación que también sufrió.

La imagen cotidiana de ese oasis repleto de vegetación en medio del desierto se convirtió ahora en un paisaje oscuro, palmas quemadas, una nube de humo que lo cubre y alcanza a todo el pueblo que no durmió, entre el miedo por asfixiarse y la angustia de perderlo todo.

Francisco Cota, quien vive con su abuela y su tío, así lo cuenta mientras observa cómo una maquinaria derriba la vivienda construida hace 80 años, recuerdos de una vida de trabajo de sus abuelos. 

“Es una desgracia. No hay palabras. Todo fue tan rápido», cuenta el joven con sus manos llenas de hollín, mientras agradece la solidaridad de familiares y vecinos que recogen de entre los escombros lo poco que aún sirve.

En otro punto, don Jesús, de 62 años, hipertenso y diabético, no da crédito: “toda una vida destruida. Aquí vivía con mi mamá, y ella tiene 81 años. Esta casa tiene 60 años. Todo fue rápido, intenté echarle agua a la palma, pero no se podía. Me bajaron a fuerza porque terco yo no quería dejar mi casa”. 

Jesús mueve la cabeza de un lado a otro mientras una reportera le pregunta cómo se siente y si pudo dormir: «nada nada. Una pestañeada nomás, diez minutos y otra vez. Es que estaba todo. La peste a humo. Me sentía solo. Estaba solo realmente y tenía miedo, no sé, tanto smog, tanto humo. Tenía miedo de que no pudiera respirar o de que volviera a prender».

Oscar Manríquez es el delegado y cuenta a EL UNIVERSAL que los incendios no son cosa rara en Santiago, la mayor parte –dice– son por falta de precaución, pero jamás habían alcanzado a las casas. El viento de norte a sur hizo que llegara a las viviendas más antiguas, donde desde hace décadas los adultos mayores viven en cuartos construidos con techos de palma y decenas de ellos ahora lo perdieron todo.

Mujeres y hombres con palas, con picos, con carretillas sacando los escombros que las máquinas dejan a su paso cuando atraviesan una y otra vez las paredes de lo que quedó de algunas de las viviendas, mientras sus dueños observan fijamente y corren sus lágrimas entre sus mejillas.

Las autoridades han asegurado que no les dejarán, que la burocracia no será un obstáculo, que los apoyos van a fluir.

«Ojalá sea verdad», dice don Jesús, al tiempo que señala no poder más. Fue una noche larga. La peor.

Foto: tomada de redes /Daniel Santacruz

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